La puerta de mi casa es una voz de mujer y dos pechos de luz en las ventanas. Dentro todo está desnudo de lo que hay y me gustan sus paredes de párpados y lo que, a veces, me hace escribir cuando tus pies me traen palabras. Es bellísimo beber tu lunar en el café y la llave de tu mano me abre el día y echan a volar cientos de pájaros de tus pezones. Esta casa bajo tu cabello de suaves tejas con su dentadura de sábanas limpias y tu retrato siempre en el espejo cuando salgo de esa lluvia de tus formas que es ducharse y pensar que tal vez me quieres. Con frecuencia abro los brazos y presiento el temblor del aire porque llegas y te abotonas a mi pecho como una camisa y estabas escondida en el armario. Estoy seguro que el rosal crece para escucharte como yo cuando regreso de las nubes con el pan y la calle pone en la palma de su mano todo un largo lunes hasta el horizonte. No me pregunten mi dirección, vivo lejos de mí, en un andén donde está a punto de llegar el otoño.